El hombre que retrató como nadie la intimidad de Perón y Evita

Nacional 04 de diciembre Por
El autor recopiló las mejores imágenes obtenidas por su abuelo, Pinélides Fusco, quien trabajó como fotógrafo, entre 1948 y 1955, en el equipo de la Subsecretaría de Informaciones creada por Apold. Una mirada única sobre el origen del peronismo.
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Es probable que una de las coberturas más destacadas de las que hizo Fusco haya sido la que realizó en la Quinta de San Vicente, donde pasó una tarde junto a Juan Domingo Perón y Eva Duarte. Se estima que esa larga jornada de fotos se realizó en los últimos meses de 1948, a poco tiempo de comenzar con sus tareas en Casa de Gobierno.

Su sobrino Ricardo Iribarren (Bochi, para la familia Fusco) lo acompañaba y, gracias a su testimonio, es posible reconstruir ese día. Ambos llegaron en auto, ingresaron a la Quinta y el presidente Perón los estaba esperando en las escaleras de ingreso. Nunca me voy a olvidar que llegamos, estacionamos el auto, vino Perón y nos ayudó a llevar todas las valijas, trípodes y cosas que usaba Pirucho, cuenta Bochi durante una de las charlas para este libro. Iribarren era una adolescente que vivía sus últimos días en pantalón corto y acompañaba a su tío para ayudarlo a trasladar sus equipos y a sostener las luces para que el fotógrafo pudiera tener las iluminación precisa que buscaba para cada imagen. Recuerda que Fusco había sido convocado para ilustrar con sus fotografías una entrevista realizada a Perón y Evita por un hijo del presidente brasileño Getulio Vargas, quien había venido al país para realizarla y que no había traído un fotógrafo. El objetivo era mostrar la intimidad del matrimonio más poderoso del país. El fotógrafo tomó la iniciativa y le pidió a Eva que posara con una flores, que se acercara a una ventana, que atendiera el teléfono blanco y hasta que se sentara al piano. Con sus manos sobre las teclas, se ríe con ganas junto al Presidente. El motivo de la carcajada que Fusco inmortaliza es que Evita no sabía tocar.

En un momento, el general se acercó a la heladera para buscar algo fresco para tomar y el fotógrafo tomó su cámara. Perón lo detuvo: Esa no va. Ante la pregunta de Fusco de por qué no realizar la toma, Perón le dice: Esta heladera es una General Electric y yo debería tener una Siam, narra Bochi, único testigo de ese momento.

Algunas de estas fotos se publicaron luego en el número 39 de la revista Mundo Agrario, después de las muerte de Eva, en el mes de agosto de 1952, como muestra de su vitalidad, alegría y juventud. La nota llevó como título Su gran pasión por la Patria la hizo interesar en los problemas de la tierra y uno de los epígrafes dice: Unos días tranquilos en la vida de la dinámica Dama de la Esperanza, días dichosos al lado del esposo admirado, por quién ella penetró en el corazón del pueblo argentino. Otro epígrafe la describe así: He aquí la tierna y franca sonrisa de Evita cuando su dichosa juventud aún no había sido asaltada por la enfermedad; ese hermoso gesto que ni el dolor hizo desaparecer de su boca.

Son pocas las imágenes que existen de Evita con el pelo suelto y largo. De ese día en San Vicente es la que se está peinando y mirando al espejo. El fotógrafo elige el ángulo exacto para no aparecer y que en foco quede la sonrisa de ella.

Quedan unas veinte fotos de esa sesión, entre ellas la que fue un ícono de la militancia revolucionaria del peronismo en los 70 (...).

Las interminables jornadas de audiencia en la Fundación Evita, que funcionaba en lo que hoy es la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, también fueron retratadas por Fusco. Allí también lo acompañaba Iribarren, impactado por las colas interminables de personas que esperaban poder ser recibidos por la esposa del Presidente. Él, que se crió en una familia socialista y antiperonista, ve que los que hasta ayer eran ignorados, eran recibidos por la esposa del presidente que pone a disposición de ellos no sólo su escucha y voluntad para resolver los pedidos, sino que ordena que el personal los atienda, les de comodidades y les sirva algo para tomar. Así lo narra: Entrábamos antes que llegara Evita y había un escritorio en un salón grande y delante varios sillones y sillas. También había bancos como si fueran los de una Iglesia. Ahí estaba la gente esperándola a ella. A esa gente, los mismos ordenanzas que antes los trataban para la mierda, ahora le traían sanguchitos y los atendían con todo lo que la Fundación mandaba.

Cuando llegaba Eva, se sentaba y en su escritorio ponían una carpeta muy visible en alguna de las fotos, la rodeaban funcionarios, secretarios o diputados, asistentes circunstanciales que iban rotando, porque no eran siempre los mismos: en ocasiones podía haber un empleado y en otras un ministro o legislador.

Empezaban a pasar y venía, por ejemplo, una señora con un nene lleno de mocos y ella lo besaba igual. Yo no era peronista ni nada por el estilo, pero miraba ese espectáculo increíble.

-¿Qué te pasa?- preguntaba Eva.

-Se murió mi marido y tengo problemas.

-¿De qué trabajaba tu marido?

-Era guarda en una plaza.

-¿Te toca la pensión?

-No, porque no estábamos casados...

Y ella interrumpía y miraba a los que estaban ahí y les decía:

-¿A ver quién sabe cómo se arregla esto?

Pasaba otro y le decía:

-¿Y vos?

Y... si yo tuviera una máquina de coser...

Eva se daba vuelta y decía: Una máquina de coser, y el tipo que estaba atrás anotaba.

-Mamá, yo quiero -un pibe pedía y la madre no le daba bola, entonces Eva preguntaba.

-¿Qué querés, una bici? -y se daba vuelta y decía: Una bicicleta. El empleado que la acompañaba le daba la orden, ella firmaba y como escondida levantaba la carpeta del escritorio y ponía plata guardadita en un papel y preguntaba:

-¿Dónde vivís? ¿En Berisso? A ver, un coche de la custodia que lleve a la señora a Berisso -y le daba ese papel (...)

Fuente: El Cronista

Diario Primicia

Redacción

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